Los clientes gestionan su dinero en aplicaciones que muchas veces son confusas, lentas o poco claras. Hoy cambiar de banco o aseguradora es cada vez más fácil, y una experiencia que no está a la altura, o una marca que genera complejidad en la interacción, empuja al cliente a la competencia.
Dentro de la organización ocurre lo mismo. Los empleados trabajan con software complejo que debería ayudarles a decidir y operar, pero a menudo les obliga a buscar datos en varios sistemas, repetir pasos y asumir errores.
A pesar de que la experiencia de usuario ha sido un tema central para lograr una mayor adquisición y retención de los clientes, muchas organizaciones siguen tratándolo como algo secundario, superfluo o estético, y al hacerlo, quedan relegadas a competir por clientes menos rentables en el corto y medio plazo.
A menudo, la sencillez, la claridad y la cercanía se tratan como detalles de diseño, cuando deberían estar en el centro de las decisiones del negocio.